Columna · Lúcia Sampaio

Gauff no sale de Toronto por casualidad. Rybakina le dio la vuelta al partido.

La estadounidense arrancó bien, pero Rybakina volvió a crecer y ganó de remontada. La cima de la WTA tiene un problema que resolver.

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La semifinal en Toronto no terminó como Gauff quería. Pero lo que llama la atención no es la derrota en sí. Es el guion.

Rybakina se llevó el segundo set. Y el tercero. La estadounidense incluso empezó al frente, arrancó mejor, hizo valer su saque y el ritmo de fondo. Solo que el partido fue cambiando de dueña sin que Gauff pudiera frenar la remontada. El marcador de 5-7, 6-2, 6-2 cuenta una historia de desgaste y de respuesta.

No es sorpresa que Rybakina esté en la final. La columna ya había destacado la fuerza de su saque ante Osaka: fueron 15 aces y una remontada dura en aquella semifinal. Contra Gauff, el comportamiento fue parecido. Cuando la kazaja conecta el primer servicio y suelta la mano en las devoluciones, el juego de fondo de Gauff pierde espacio. La agresividad deja de ser una elección de la estadounidense y se convierte en obligación. Ahí aparece el error.

Dicho esto, hay que reconocer lo competitivo que está este grupo de arriba. Gauff no llegó a la semifinal por casualidad. Arrasó a Korneeva en 74 minutos y avanzó sin jugar en cuartos tras la retirada de Bencic. Pero Rybakina venía de una batalla real ante Osaka. Si alguien podía acusar falta de ritmo, era la kazaja. No lo parecía. Ella impuso el juego cuando el partido se apretó.

Lo que me anima, y me preocupa al mismo tiempo, es la regularidad silenciosa de Rybakina. No suele hacer ruido fuera de la cancha. Pero el tenis habla. Y habla alto en el tipo de juego que decide torneos de 1000 puntos.

Queda ahora una decisión durísima. Al otro lado, Swiatek y Svitolina disputan la otra plaza. Rybakina ya sabe que tendrá que subir un escalón más. Toronto está viendo un fin de semana de altísimo nivel. Y la remontada sobre Gauff deja una pulga detrás de la oreja para la final.